El coleccionista de miradas.
Luis García Montero

Pedro Guerra tiene el poder de la contemplación. Se trata de un poder sigiloso, que no hace ruido, sino música. Se trata, además, de un poder que lo hace dueño de sí mismo porque funda las reglas de su tiempo, la lentitud necesaria para indagar en el mundo exterior hasta conseguir un diálogo con su propia intimidad. Es una forma de hurgar en la caja negra.

La poesía de Pedro Guerra supone una colección de miradas. Su música no nace ahora del ritmo formal de un autor de canciones inolvidables, sino del eco que despiertan la emoción y la verdad de sus ojos. John Berger nos enseñó que la mirada es el espacio de la emoción artística, un ámbito de verdad que puede armonizar por unos minutos el exterior del mundo con nuestros sentimientos. Como el exterior resulta casi siempre un territorio hostil, sentimos un dominio de vida, un poder de verdad, cuando se acompasa con nuestro interior. Pedro Guerra hace poesía y colecciona miradas.

Por eso pone en palabras lo que necesita ser creado, lo que tenemos la sensación de que ya existía antes de la palabra escrita, envuelto en los recuerdos y los olvidos que conforman su yo más suyo. Pero es sólo una sensación, porque los poemas no sólo dan testimonio de una verdad anterior, sino que ayudan a conformarla, a darle forma y fondo, a definirla en un proceso de conocimiento. Los paisajes guardan canciones. Saber mirar los paisajes es lo que permite ponerle letra a la música, convertir las huellas de la existencia en un camino, en algo que vive para establecer diálogos con uno mismo y con los demás. En los poemas, como en las canciones, el fondo y la forma no se parten, sino que se comparten.

Los poemas de Pedro Guerra convocan un ejercicio de depuración en la lentitud de la mirada. Lo ojos piensan, deciden, eligen, apartan la hojarasca, definen aquellas cosas que tienen que ver con lo más importante de una vida, es decir, de una condición humana en sus relaciones con el mundo. Frente al óxido del mundo, frente al ser astillado y maltratado, cada palabra del poema procura una convincente alianza con la dignidad humana. El silencio que provoca la depuración no apunta al vacío o a la nada, sino al terreno preparado para escuchar, para escucharnos, para que se sienta la vida en el jardín.

Insisto mucho en la palabra lentitud porque la mirada de Pedro Guerra se toma siempre su tiempo. Es el tiempo que exige la memoria, el patrimonio de saberse heredero, la conciencia de que en el presente de un abrazo están las huellas de Lucy, las pinturas de Altamira y todo lo que constituye un pasado. La dimensión narrativa del tiempo desemboca en los labios de los enamorados.

También en los ojos del poeta y de sus lectores. Porque las miradas del coleccionista de verdades se saben herederas de una tradición, de un saber de palabras y hechos. Pedro Guerra tiene malos recuerdos de las lecturas obligatorias en el colegio, pero hace uso de memoria para reconocer la complicidad de la voz debida a los otros. La literatura es una voz a ti debida, un dejar que nos habiten Garcilaso, Cervantes, Kafka, Borges, Enrique Lihn o John Berger.

Esa memoria de la literatura supone, además, la lentitud que nos permite enfrentarnos al tiempo de usar y tirar del consumo. Los escaparates procuran conducir las miradas al imperio de lo que se compra y se vende, de lo que tiene valor fugaz en el ejercicio de consumir. La poesía busca lo que no se consume, aquello que permanece, una idea del tiempo que se niega a confundir los sentimientos con las mercancías. Los seres humanos no somos objetos de usar y tirar: esa es la verdad última del coleccionista de miradas lentas.

Con estos ojos impertinentes y apartados del ruido se miran las ciudades, los conventos, los recuerdos, los cuerpos, la luz del dormitorio, los aeropuertos, el mar y los libros. La poesía es hospitalaria, supone siempre un regreso a nuestro ser, nos permite reconocer nuestro propio rostro en el espejo. Pedro Guerra lo sabe y reconoce la unidad última en todos los fragmentos de su colección de miradas. La verdad del poeta es una cuerda en la que se cuelgan a la vez la ropa interior y los abrigos de invierno.

La hospitalidad de la poesía se parece mucho al amor. Si el amor consiste en concebir al otro como parte de ti, la mirada del poeta consigue dibujar la exterioridad del mundo como parte de su intimidad. Es una dinámica que se abre con la energía de las enredaderas. El lector habita el poema cuando la mirada del poeta se mezcla con la suya. La poesía es también un acto de mestizaje y contaminación. Somos nosotros mismo a la hora de habitar en las palabras del otro.

Como Pedro Guerra es isleño, el mar que lleva dentro es un punto de partida. Este coleccionista de miradas ha escrito un libro de verdadera literatura. Nos conmueve y nos incita a navegar, a buscar los reflejos del mundo, la lentitud que necesitamos para negociar con el deterioro del tiempo que sucede y se hace suceso…, para indagar en la caja negra.